«Black Adam» llega a los cines para golpear al espectador. Lo hará desde los más superficial, los efectos especiales y las escenas de combate; o desde lo más profundo, a partir del debate moral, emocional y teológico entre lo que es bueno o malo. También echará mano a la idea de cómo el poder como arma, bendición o maldición debe ser reprimido por quienes se creen con el control del planeta. Eso, sin dejar de lado un debate sobre la moralidad del justiciero.
Con un exceso de diálogo, que a ratos satura, la película apela a las situaciones más triviales pero efectivas del cine de superhéroes. Desde allí teje una historia de familia rota, buscando la empatía, en la que va dando por sentado que de los golpes siempre se aprende. Con lecciones implícitas veladas a partir de un tono sarcástico.
Y es precisamente allí donde encuentra su arista más interesante pues si bien las peleas están bordadas con los efectos especiales, una historia de puños a granel no sería suficiente para mantener al público pegado al asiento.
Un actor que no actúa
Protagonizada por Dwayne Johnson, quien se endiosa al punto de creerse insuperable, lo vemos embutido en un personaje que sufre un conflicto existencial apenas creíble. Sobre todo por lo inexpresivo y poco profundo que resulta Johnson cuando debe soltar la lágrima y dejar los puños a un lado.
Más creíble en su personaje resulta Pierce Brosnan, quien a pesar de la edad ofrece una cátedra de matices, con poco tiempo en escena, escenificando el sufrimiento que le aflige. Viola Davis, por su parte, conecta con el Universo DC de nuevo embutida en esa líder de una organización «mundial» que busca controlar a cualquier super por el bien del planeta. Aunque acabe demostrando que, incluso en estas historias, siempre habrá un mandamás que abusa de su poder. Y si no pues lanzará su amenaza. Al final así es el mundo en el que vivimos, el que tiene el poder y las armas sabrá cómo imponerse a cualquier Mesías.
