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Sting, la educación por delante

Sting
Foto: EFE
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La primera visita de Sting a Venezuela, en los 90, fue todo un acontecimiento. Aun cuando eran tiempos en los que las grandes figuras del mundo visitaban el país, siempre que el nombre estuviese en el tapete llamaría la atención. Así, como lo cuento.

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Y, por supuesto, cuando se anunció que el ex Police estaría por primera vez en suelo venezolano muchos lo tildaron de casi imposible. Además, se dio el aviso de una vez: no dará entrevistas, ni antes ni durante ni después de su show. No eran tiempos de redes sociales ni de Zoom. Así que a olvidarse de algo de eso.

La insistencia sobre el cero contacto con el cantante era insistente. Tanto de parte de la productora que lo traía, como de Polygram, la disquera que lo representaba en Venezuela. Dos días antes del concierto -y uno antes de su llegada- se dio el save the date de la época: una llamada misteriosa del representante de prensa de la discográfica, pidiendo no solo que se guardara un día y una hora; sino que no se divulgara.

El secreto no era solo para mantener a los acostumbrados coleados en las ruedas de prensa al margen, sino a los fanáticos. Y eso que no había medios digitales y páginas fantasmas de Instagram.

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Lo cierto fue que llegó la convocatoria oficial. En uno de los salones del entonces prestigioso Caracas Hilton se hizo la convocatoria. Se podía entrar por estricta lista, chequeado el nombre y el apellido del periodista y fotógrafo. Solo un canal presente, el patrocinante del concierto.

En medio de toda esa pompa llegó Sting. Un tipo amable, no de muchas palabras y medio sonriente. Así como lo cuento. Comenzaron las preguntas y la primera fue por qué no había venido antes. Ni con Police ni solo. “Porque no me invitaron. Y yo no voy a donde no me invitan”. Todo un lord.

 

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