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Space Jam 2: La película de LeBron James para homenajearse a sí mismo

Space Jam 2
Fotos: Cortesía Warner Bros.
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Nunca entenderé las razones detrás de desempolvar una historia añeja para traerla de vuelta sin nada interesante qué ofrecer. Es el caso de la película “Space Jam 2: A New Legacy“, cuyas casi dos horas de insufrible trama solo sirven para poner en pantalla al famosísimo jugador de básquet LeBron James rindiéndose culto a su ego. Sin carisma, sin encanto, sin talento para actuar y con una aventura hecha al molde de sus gigantescos zapatos.

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Desde el minuto uno sabemos a qué nos enfrentamos. Durante el prólogo, un collage de momentos nos dan cuenta del éxito del hombre en la cacha. Celebrándose a sí mismo -y lo decimos porque LeBron James es además productor del filme-. Nos recuerda cómo ha sido su ascenso en el deporte, además de su soberbia en casa criando a sus hijos.

Lenta y repleta de momentos innecesarios que alargan el proyecto, vemos cómo este jugador estadounidense busca robarle incluso todo el protagonismo a los Looney Tunes. Y es que las caricaturas quedan relegados a simples compañeros de juego, sin voz ni voto en la cancha, pues solo LeBron se las sabe todas. Incluso en un mundo en el que obviamente tiene las de perder porque lo desconoce. Pero eso no es impedimento para que la estrella de baloncesto nos hable de sus estrategias para salir adelante, equivocadas todo el tiempo, sin percatarse que no todo gira alrededor de él.

Nada sale bien

El espectador pasa horas en ese dilema que, además, lo aleja de uno de sus hijos, negado a seguir sus pasos, más y más soberbia ya saben. Muchos quizás esperaban reencontrarse con los personajes animados y verlos brillar en la cancha, pero es poco el espacio que les deja el astro. Además las motivaciones de Bugs Bunny de reunir de nuevo a todos los Looney Tunes quedan totalmente solapadas, pues para variar LeBron solo es capaz de ver y reconocer talento en sí mismo.

La producción pierde encanto cuando seguimos a un montón de extras apilados en la cancha, para el juego final, con disfraces que parecen comprados en cualquier tienda de segunda mano, mientras ejecutan movimientos multiplicados por una computadora sin ningún disimulo.

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Para sacarle provecho económico al filme, LeBron mete, además con descaro, cantidad de productos en publicidad por emplazamiento. Y el villano es tan caricaturizado y ridículo que da más bien risa, en lo que parece un desesperado intento del actor Dom Cheadle de salvar la patria.

Los personajes animados también desentonan pues se les busca su lado más cliché, ese que nos cansamos de ver toda la vida.

 

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