Russell Crowe: «Me da igual si me alaban. La medida del éxito es personal»

A Russell Crowe le da absolutamente igual ser uno de los actores más famosos del mundo y, ya con la barba cana, ve el éxito como un valor si no íntimo, al menos muy personal: «No me importa si me alaban, solo quiero que lo que haga tenga algún tipo de significado para mí», asegura en una entrevista en Roma, en el estreno de su segunda película como director, «Poker face».

«Creo que la medida del éxito depende de un juicio individual, no necesitas la lista de triunfos de otra persona para poder ser feliz. Pero es el tipo de cosa que dice alguien que ha vivido cierto nivel de éxito», alega el neozelandés a EFE, dejando escapar una carcajada.

Crowe resta importancia a la gloria pese a que acaba de saborearla en Roma, la ciudad imperial a la que siempre estará vinculado desde que saltara a la fama con «Gladiator» (2000) y que, de hecho, acaba de nombrarle «embajador» honorífico.

«Poker face», una segunda vez tras la cámara

Tal es su apego sentimental a la Ciudad Eterna que ha elegido su Fiesta del Cine para estrenar su segundo largometraje como director, «Poker Face».

En la película, con la española Elsa Pataky y el australiano Liam Hemsworth, Crowe interpreta a un magnate de las apuestas en internet que reúne a todos su amigos ofreciéndoles un botín millonario… aunque para ganarlo, deberán renunciar a su mejor tesoro: sus secretos.

«Poker face» llegó a sus manos casi por el mismo azar que impregna cada minuto de este oscuro «thriller». El director inicialmente elegido se retiró de improviso, luego la pandemia lo frenó todo y fue entonces cuando los productores jugaron la baza del actor, a pesar de que éste vivía un momento doloroso tras perder a su padre.

«No lo construí yo, sino que llegó a mí como un proyecto en apuros que requería de alguien que tomara el control. Y como un loco dije sí. Siento amor y fe en el cine como la forma de arte más fluida por lo que no me importó el tiempo o los recursos limitados», confiesa.

Esa pasión le ha hecho ponerse de nuevo tras la cámara, ocho años después de su ópera prima, «The water diviner» (El maestro del agua, 2014), pero hablamos de mera vocación, porque su intención no es perseguir el aplauso o seducir a la crítica. Al menos no ahora, a sus 58 años.

«Para mí el éxito depende de cuánto disfruto el día, todo lo que haga o cualquier reto que afronte, no juzgo un triunfo según fuerzas externas. Me da igual si la gente está de acuerdo conmigo o si me alaba. Solo quiero que lo que hago tenga algún significado para mí», reflexiona, como paladeando cada palabra.

«Tax the rich»

Su personaje en «Poker face» es tan rico que presume de un Cézanne colgado a dos pasos de la cocina por lo que el tema del abismo entre las élites y el común de los mortales surge solo. Por ejemplo, ¿está de acuerdo con el lema «Tax the rich», que los ricos paguen más?

Sentado en la sala de un lujoso hotel romano, Crown no elude la respuesta, sino que se explaya: «Todo es relativo, ¿vale?, porque un dólar es un dólar (…) Creo que las cosas se desequilibran en el enfoque entre impuestos individuales y permitir que las grandes empresas paguen menos tasas. No tiene sentido», afirma.

Es decir, en su opinión, los estados deben cerciorarse de que las multinacionales pagan para garantizar servicios sociales de calidad: «La salud universal debe ser un deber», reivindica el actor, conocido también por su papel de filántropo.

«Por lo tanto, debe ser esencial, independientemente de los impuestos que todos debamos aportar, asegurarnos de que cualquier persona que necesite asistencia sanitaria pueda obtenerla fácilmente», apunta, con esa parsimonia y voz honda tan propias.

Y zanja: «La salud de las personas tiene que ser lo primero. Cualquiera sea el sistema que queramos implementar y cualesquiera que sean los porcentajes tiene que tratar de mejorar la vida de las personas».

Russell
Foto: AP

Ni hablar de jubilación

En cuanto a su filmografía, por un lado Crowe confiesa «un cierto nivel de afecto» por aquel general romano, Máximo Décimo Meridio, que combatía fieras y tiranos en el Coliseo y que le valió un Óscar.

«Aquello cambió muchas cosas, me puso en un rango diferente y fue un éxito, pero fue hace muchos años (…) Quizá no hice un tercero, un quinto o un décimo, pero seguí adelante con otros roles», se excusa el protagonista de «Master and commander» (2003), «Cinderella man» (2005) o el musical «Les Misérables» (2012). «

Sin embargo, el pasado no le interesa demasiado y prefiere pensar en un futuro poblado por personajes a los que algún día dará vida, como el exorcista Padre Amorth en «The pope’s exorcist», su próxima película.

«Solo me interesa lo próximo que haré», sentencia este actor grandullón y de aire gentil mientras se quita las gafas para frotarse unos ojos que parecen cansados, tras tantos actos en una Roma que ha hecho de él parte de su imaginario sacro.

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