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«Maligno»: un terror con viejas fórmulas que se vuelve ¡Ay no de verdad!

Maligno
Foto: Cortesía Warner Bros.
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¿A qué le tenemos miedo? ¿Qué nos eriza la piel y nos hace cerrar los ojos? ¿Cuánto sufrimiento somos capaces de tolerar mientras vemos una historia de terror en pantalla? ¿Cuál es nuestro umbral del asombro? Todas estas interrogantes se ponen en práctica con «Maligno», la nueva película de James Wan.

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Con intención de jugar con la mente del espectador, mientras le da algún que otro susto, el realizador de secuelas como «Saw» o «El Conjuro», ofrece una película rebuscada. En la historia nos cruzamos con Maddison ‘Maddy’ Lake (a cargo de Annabelle Wallis del filme «Annabelle») una mujer abusada e inestable emocionalmente. Toda su vida parece sostenerse sobre un gran enigma que la ha hecho vulnerable y la mantiene rota.

Desde el minuto uno, que aparece en pantalla, vemos que su sufrimiento surge de la pérdida de varios embarazos y también de vivir con un hombre que apenas la soporta. Un matrimonio infeliz que acabará en tragedia tras una discusión que traerá consigo la visita de ser sanguinario y violento.

La agresión que da paso al terror complicará aún más la vida de esta sufrida mujer, que hará de tripas corazón para salir adelante. Todo esto hasta que se dé cuenta que es el títere de un ser despiadado que juega con su psiquis, sus emociones y hasta su cuerpo.

Demasiada ficción para mi gusto

En medio de aquel arrebato, seguiremos sus terribles visiones de asesinatos cometidos por una figura oscura de nombre Gabriel. También viajaremos a un manicomio e iremos viendo cómo ese montón de piezas de rompecabezas cobran sentido conforme avanza la trama. Pero lo haremos con asombro e incredulidad, porque este cuento señores parece salido de la mente de un loco.

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Aburrida y enrevesada, la película sustenta su historial de sangre en el curso de una investigación policial. Es excesiva e innecesaria la violencia, que no es la que hace que uno brinque del asiento, y rápidamente se pierde la conexión con el terror para volverse un filme de suspenso.

Lo que nos da a entender el realizador es que quiso rescatar con su propuesta ese subgénero italiano de terror conocido como «giallo», popular en los años sesenta y setenta. Donde el exceso de sangre y violencia, con asesinos deformes, nacidos de experimentos en laboratorios con fuerza sobrenatural eran claves para hacer que más de uno cerrara los ojos mientras una fiesta de la sangre se veía en pantalla.

 

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