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“Luca”: cuando el miedo a lo desconocido se enfrenta a la rebeldía

Foto: Cortesía Disney Pixar
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Un monstruo marino que se vuelve niño fuera del agua y que descubre que la vida es tan grande como las experiencias y los aprendizajes, sirve de excusa a los estudios Disney Pixar para estremecernos a su antojo y voluntad con “Luca”. La historia universal de aquel que deja el nido para crecer, embutido en manifiesto a la tolerancia.

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Interesante en contenido pero también en forma, el filme animado es concebido con una estética rica en elementos visuales y sonoros, aunque también pueda disfrutarse con el gusto y el olfato.

Por un lado, tenemos ese despliegue de color, textura de los elementos e iluminación del espacio que eclipsa y nos transporta, con bastante verdad, a cada uno de los parajes y momentos del día; y, por otro, los referentes gastronómicos, culturales y artísticos que nos activan el descubrimiento, mientras sacuden el paladar empujándonos a recordar cómo huele el mar, el pescado fresco o cómo sabe la pasta con salsa pesto, la pizza y los helados.

Todo esto a partir de un personaje, con el que cualquiera puede sentirse identificado y encariñarse desde la inocencia y rebeldía del recuerdo. Uno que decide ponernos en perspectiva y recordarnos que siempre hay que dejar de lado la zona de confort para descubrir lo inimaginable.

La culpa es de Alberto

El italiano Enrico Casarosa debuta como director en la película que se estrenó la semana pasada en la plataforma de streaming Disney+. Está claro que, para lograr la magia, le impregnó muchos referentes propios de su vida, infancia y recuerdos. Un canto a la Italia de 1953 que huele, luce y sabe como ella.

Una que cualquiera puede llevar a su propio terreno, al tocar situaciones universales como el miedo a la novedad, la grandeza del aprendizaje, la ignorancia hacia lo desconocido, el amor por lo majestuoso y la rebeldía hacia lo prohibido. También están los amigos, concebidos a partir de la necesidad del hombre de socializar y crecer, de desarrollarse en el entorno, de identificarse en la masa y de seguir sus normas o romperlas en busca de absoluta libertad.

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Y sí, todo eso en una película que un adulto disfrutará tanto o más que un niño. En la que Alberto (otro monstruo marino) será el motor del cambio, disfrazado de ese detonante que nos empuja a dejar atrás el miedo, a callar la voz interior que cuestiona cada una de las decisiones y que, aunque no se las sepa todas, tiene el ímpetu que a veces nos falta para dar el paso.

Porque sí, el miedo es libre, tanto o más que el atrevimiento.

 

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