Las misses siempre han levantado pasiones, incluso entre ellas mismas. En 2010, no había una clara favorita. El día de la presentación a la prensa, Ivián Sarcos, cuyo nombre ya era popular por su historia de vida, se convirtió en una de las favoritas para obtener la corona. No solo el hecho de haber quedado huérfana muy niña, sino también su belleza llamó la atención.
Pero el día especial, ni ella ni quien, a la postre se convertiría en la Miss Venezuela de ese año, Vanessa Goncalves, fueron las protagonistas de la tarde con los periodistas. Fueron sus zapatos. Unas altas sandalias con la punta transparente de una marca que, normalmente, patrocinaba el certamen en los tiempos de Osmel.
De repente, quienes ayudaban a las concursantes detrás del escenario comenzaron a salir riéndose y soltando algunas infidencias. “Los zapatos les tienen los pies destruidos a unas cuantas candidatas”.
Cierto o no, realmente algunas hasta trastabillaron en la pasarela acrílica que le habían instalado en una lujosa quinta, cuya propietaria es (o por lo menos era en aquel momento) la hermana de una ex Miss Universo.
Mientras la verde grama a espaldas de cada chica hacía paisaje para unas fotos de ensueño, las pobres jovencitas hacían maromas para que el tumbao –propio también del gobierno anterior del Miss Venezuela- no se perdiera. Pero, sobre todo, que ninguna perdiera el glamur.
Mientras más salían, más crecían los cuentos sobre “los maluchis”, como fue bautizado el calzado de esa presentación. Una broma que hasta la propia diseñadora se tomó, a posteriori, con mucho humor. “Ahora la cosa es peor” –dijo un maquillador- porque a Ivian el plástico le rompió el pie y está sangrando”. A otra reina, no solo fue el pie el que sufrió, sino que quedó, literalmente en el aire. “Los maluchis” no aguantaron, así como lo cuento, y se rompieron. Menos mal que ya había terminado el desfile.
