En «La luz del Diablo» una monja, con una conexión especial con el demonio, lucha por el derecho a ser la primera mujer en recibir formación para realizar exorcismos. La cacareada guerra sin cuartel entre el bien y el mal vuelve desde la óptica del catolicismo más rancio.
En la película, que ya está en cartelera, se sigue a la hermana Ann, una joven que labora en una institución que prepara curas para extraer al maligno en casos de posesiones humanas.
Desde niña Ann ha sido perseguida por el demonio, quien sí o sí la quiere como discípula. Tras experimentar situaciones de verdadero terror, la mujer se empeñará en meterse en terrenos dispuestos por el Vaticano solo para hombres. Con sus acciones dará a entender la necesidad de la participación femenina en holguras tan temerarias.
El ritmo, similar al de todas las películas de este orden, va creciendo conforme se descubren los secretos que la conectan con el diablo. Al tiempo que con una víctima especial que llega al hospital para estar bajo su cuidado. Se trata de una niña que está a un tris de ser definitivamente poseída por Satán.
El mal se resiste
A través de la pequeña y de otros casos similares a los que asistirá, la monja empezará a ganar puntos para unirse a la legión de guerreros de Dios. Pero el mal, tan resistente a ser erradicado, le hará la vida de cuadritos a partir del engaño.
Banda sonora e imágenes oscuras son parte de la propuesta que ubica al espectador a un espacio sagrado violentado por el mal. La actriz convence en su personaje pero la historia se desinfla al no ofrecer novedades en un tipo de films satanizados por repetitivos. Claro que si le gustan que lo hagan brincar del asiento puede que encuentre aquí un sacudón. Pero advierto, al salir de la sala la tensión se habrá disipado, lo mismo que el recuerdo de una película tan fácil de olvidar.
