«House of Gucci»: salí del cine y ya la había olvidado

Comenzaré por decir que era mucha la expectativa en torno al filme «House of Gucci». Me tomó tiempo ir al cine a verla pero aprovechando una función nocturna resolví salir del tema pendiente. Lamentablemente no era lo que esperaba y les contaré por qué.

Si bien la cinta goza de un elenco de figuras que atraen, los personajes parecen siempre estar en el nivel más superficial de las emociones. Las acciones son tan lentas que por momentos uno siente que la historia se desarrolla en cámara lenta. Los años, delimitados con viñetas, se pierden entre diversas épocas que no terminan de despegar. Pero el problema no acaba allí.

La película comienza en 1978 y aunque en la acción ocurren varias cosas con los protagonistas, pareciera que el director artístico se queda pegado en los 70. Quizás, no lo sé, la razón se deba a que te muestran a Gucci como una marca negaba a abrazar la novedad y, por ende, el cambio de estilo que llegó con los años 80 resulta un sacrilegio. ¿Si ya su estilo aburría para qué se tomaron la molestia?

Uno apenas va viendo, sobre todo en el personaje de Patrizia Reggiani (Lady Gaga), el cambio de época en sus cortes de cabello, pero en la moda no, a pesar de que esta es quizás el punto focal de la cinta.

Quería salir de la sala

Por otro lado todos los actores lucen desaprovechados. No hay emociones intensas, no hay escenas descarnadas y el dramatismo se diluye en un constante plano en el que solo figuran Maurizio Gucci (Adam Driver) y Reggiani (Gaga). Ellos son todo el tiempo el foco del lente y ese exceso también cansa, porque su vida marital es aburrida a pesar de los cambios a los que se enfrentan.

Ni hablar de las cacareadas actuaciones de Jared Leto, Al Pacino o el mismísimo Jeremy Irons, que se pierden en el tono sepia que embriaga a la película de Ridley Scott, un director consagrado que apeló a hechos reales para narrar su historia.

Quizás esperaba encontrarme con algo al estilo de «El asesinato de Gianni Versace», serie en la que participó Édgar Ramírez. Pero no, esta novela aburrida y maniqueísta lucía más bien como cualquier dramático de los años 80, eso sí, sin el encanto que acompañaba a sus protagonistas y tramas rotas. Aquí todo sabe a lo mismo.

La moda en la película es otro accesorio que se queda a medio camino del lujo, pues vuelve la historia insufrible su tono rancio, sus personajes superficiales, su carencia de chispa y su asfixiante exceso de Gaga y Driver. Y ni hablar de la pésima participación de Salma Hayek que parece estar por mera necesidad para justificar una acción. O, peor aún, quizás el momento del asesinato que es tan breve y desabrido como todo lo que allí se cuenta. Es que el director no alimenta ni el suspenso para ello. Quizás empezó su proyecto con una energía pero temiendo lo peor decidió quedar bien con todo el mundo con algo aburrido.

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