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«Horario estelar»: cuando el captor se vuelve rehén del propio sistema

Horario estelar
Foto: Cortesía Netflix
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Netflix estrenó el pasado 30 de junio «Horario estelar», un filme polaco interesante que aborda desde diversas perspectivas aspectos sociales que invitan a la reflexión. Embutido en el formato de thriller dramático, se sitúa minutos antes de despedir 1999.

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El argumento apuesta a una tensión que irá en ascenso según el protagonista sortea los obstáculos que se le presentan. Anclados, por cierto, al deseo de negociar una salida a una incertidumbre común arraigada a la llegada de un nuevo milenio.

La desinformación y la ansiedad propinada por los medios de comunicación, frente al cambio global de entonces, sirve de detonante y excusa a la crisis. Son constantes los recursos empleados por su director Jakub Piatek, para ubicarnos en ese momento exacto de un cambio de Era que representaba para muchos el fin del mundo o el caos tecnológico, trayendo consigo el miedo a una crisis global que podría generar desempleo y falta de oportunidades.

En tres platos vemos a un joven de 20 años irrumpir inesperadamente en un estudio de televisión que transmite en vivo un sorteo especial de Fin de año. El hombre está armado y solo quiere emitir un mensaje a toda la nación. Nervioso, con los ojos fuera de sí, sudando y algo aturdido por la decisión que tomó, se verá acorralado por el mismo sistema que le niega expresarse libremente.

El momento se presenta lleno de incertidumbres. En él, conforme avance la trama, todos los personajes se irán identificando desde sus respectivas tribunas. Para reflexionar, tocados por el curso de los acontecimientos, lo mismo que el protagonista cuyo objetivo trasmutará en el camino.

Vamos al aire en tres… dos… uno…

Sebastián (Bartosz Bielenia) secuestra, en pleno estudio de TV, a la animadora de un programa. La mujer que llega tarde y maltratando a todo el mundo a su paso, parece merecer su suerte. Tiene una personalidad déspota, es ególatra, falta de respeto, agresiva y mala gente.

Además de ella, el otro rehén de Sebastián es un guardia de seguridad con el que este joven logrará acceder al recinto. Es un tipo sencillo, que rápidamente se identificará con el muchacho y que pondrá todo su empeño para ayudarle a salir del entuerto. Aún sabiendo que la represión y el status quo no le recompensará ninguna buena acción que tenga. Este parece ser el primero que entiende la razón del evento y su preocupación se ancla al hecho de que entiende de la manipulación y engaño al que será sometido el joven, que acabará siendo rehén del propio sistema.

En este panorama los deseos de Sebastián de salir en directo se volverán una carrera contra el tiempo. Su paciencia, la de sus cautivos, el personal que trabaja en la planta, la policía, e incluso el espectador se medirán en hora y media.

Tarde entenderán que la ansiedad, por miedo al fracaso o a salir airoso de la asfixiante pauta dictada por el sistema global, mermará en la esperanza de este joven que como muchos de su generación soñó con una vida más sencilla y libre.

El ritmo

El inicio es intenso, con una acción que no para, pero que disminuye al ritmo del razonamiento. Es así como el thriller se vuelve un drama en el que, incluso, descubrimos las causas de la inestabilidad emocional del protagonista, anclado a una familia disfuncional cuyo padre le maltrata desde muy niño.

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Ciertamente el filme logra su cometido, con un elenco que se luce en actuaciones, un director que sabe cómo tirar de las emociones, pero cuyo único fallo es el guion que deja muchos cabos sueltos para abrir espacio a los supuestos.

Y quizás lo hace adrede para que el espectador acabara dando vuelta una y otra vez a las situaciones, buscando infinidad de porqués. Incluso en el posible deseo de Sebastián de encarar su verdadera orientación sexual. ¿Quién sabe?

 

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