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El real que no llegaba ni a medio

Jaime de Marichalar e Infanta Elena
La Infanta Elena junto a Jaime de Marichalar. Foto: EFE
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Los nombres pomposos y títulos nobiliarios siempre han llamado la atención. Y si el nombre de pila va precedido por el título de príncipe o princesa, pues entonces la cosa se pone más pomposa. Así no sea el personaje el dueño del título nobiliario.

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A mediados del nuevo milenio de repente corrió la información que el entonces esposo de la Infanta Elena de España se encontraba de incógnito en Venezuela. Un viernes a mediodía, uno de los días más complicados en las redacciones de los periódicos, por lo general solo se cubren, y más en aquella época, aquellas informaciones que, realmente lo ameritan.

Que el esposo de una infanta (en el caso de España, el título de príncipe o princesa solo está reservado para el heredero del trono) no era, pues cualquier cosa. Para ese momento, Jaime de Marichalar gozaba de buen feedback en los círculos reales en el mundo. Y en Venezuela donde la realeza más cercana son las Misses (por aquello de reinas de belleza), pues más.

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Total que con la pompa que amerita el caso que tenga que ver con monarquí, aunque no sea la más famosa del mundo, la británica; había que correr. Ir tras la noticia y averiguar por qué había escogido un viernes a mediodía jugar tennis en club del este de la ciudad, en lugar de cumplir con una agenda oficial.

Entrar a un club privado no es cosa fácil si no se tiene una membresía. E identificarse como periodista no siempre abre puertas. Muchas veces, las cierra. Y así como lo cuento, sucedió. Y más en el momento en que, por la distancia, se llegó a la garita del lugar. “No puede pasar. No hay ninguna convocatoria de medios ni rueda de prensa” fue la respuesta. Tampoco la infidencia de saber si era cierto o no que había un “príncipe”. Pero el fotógrafo sí logró colarse y llegó con la información a la redacción: “No es Marichalar. Es un primo lejano”. Que ni siquiera se parecía… 

 

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