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“Déjame entrar”: un amor inocente vestido de terror

Foto: Cortesía EFTI
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El 24 de octubre de 2008 caminaba por la plaza Jacinto Benavente en Madrid, muy cerca de Sol, en el centro de la ciudad. El frío comenzaba a sacudir la tarde de aquel otoño por lo que, buscando resguardo del descenso de la temperatura, entré a un complejo de cines, uno de los más populares en versión original de la capital española.

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Me llamó la atención en cartelera una película sueca con un título bastante sugestivo: Let The Right One In o “Déjame entrar”. El cartel exhibía a un niño rasgando un vidrio empañado en el que se apreciaba detrás la sombra de otra persona.

Tras comprar el boleto entré a una sala prácticamente vacía, pues la película competía contra otros grandes estrenos.

Iniciada la proyección debo decir que me arrepentí de haber elegido esa y no otra. El ritmo excesivamente lento y escaso diálogo, de los primeros minutos, me generaron más tensión de la que ya traía. Los planos contemplativos, la carencia de escenas de acción y el silencio sepulcral mostrado en pantalla aturdían más que el deseo de quedarme. Por fortuna, más tarde vería que todo eso estaba justificado en la historia.

Me atormentaba el hecho de que yo queriendo escapar del frío, me había metido a ver una película que se desarrolla en un pueblo perdido en la nada, sacudido por un invierno voraz, en el que sus habitantes apenas salían de sus casas mientras la nieve se los tragaba.

A pesar de todo esto, decidí quedarme y disfrutar del momento “zen” que se presentaba extendido de pared a pared en la gran pantalla.

Poco a poco se iría descubriendo la historia y aquel ritmo plácido tomaría un giro radical de golpe sin dejar espacio al tedio.

Terror con cara de niña

Basada en una novela escrita por John Ajvide Lindqvist, “Déjame entrar” exhibía la relación entre un niño solitario de 12 años, objeto de burlas en el colegio, y una niña que se muda al edificio donde este reside. La pequeña, con permiso para salir solo en las noches, esconde un secreto que le cambiará la vida a ambos. Él vive con su madre y ella con un hombre que parece su abuelo.

A los dos los acerca la soledad, el miedo, la incertidumbre, y a él el despertar de las emociones, ella es ya una veterana. En medio de aquella naciente relación vemos cómo la tranquilidad del pueblo se acaba con la llegada de estos forasteros. Los medios reseñan desapariciones y asesinatos que empaquetados en aquella lejanía y paz cobran fuerza y sacuden el terror.

La inocencia no es tal y conforme avanza la trama vemos el cambio que dan los personajes con un final inesperado y abierto a la interpretación. Salí de la sala desgarrado, sorprendido, dándole vueltas a lo que acaba de ver y que, como un rompecabezas, se iría reconstruyendo en mi mente con el pasar de los días.

Algo maravilloso, debo decir, que jugaba con los contrastes de la maldad y la bondad a partir de esa fina línea que los aleja y une. Sin dejar detrás esa chispa que impulsa el amor, el deseo, y que anclada al miedo y la incertidumbre, acaba demostrándonos que siempre habrá alguien malo que pase factura a quien mal hace a los demás. Una justicia divina vestida de niña, que es víctima de una condición compleja narrada con tal verdad, que se vuelve creíble aunque no lo sea.

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Una película hecha para aquellos que disfrutan el terror y el suspenso pero con un mensaje de largo aliento. No les cuento más, porque la idea es alimentar sus ganas de verla.

Por cierto, Hollywood hizo una versión malísima con el mismo nombre: “Déjame entrar”. No se les ocurra acercarse primero a ella.

 

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