Cuando era un niño, Carlos Romero soñaba con ser futbolista. Tachirense de nacimiento, la sangre futbolera se le daba fácil.
Un tío quiso que fuera torero, otra pasión que se cultivó por mucho tiempo en su estado natal. Sin embargo, fue la música la que atrapó su interés; que tampoco se le daba difícil, por cuanto su papá es lo que se conoce como “mariachero”.
Se dio a conocer por su participación en Súper Sábado Sensacional, donde con Lucía Valentina y otros niños llenaban de inocencia el llamado “escenario de los ídolos”.
Creció entre luces, cámaras y decorados de madera. No podía ir a clases de manera regular ni tampoco a un centro comercial. “Parecía que estaba robando (risas) porque iba casi escondido, porque no me dejaban caminar”.
“El Potrillo” se volvió famoso gracias a sus dotes vocales que, para muchos, no tenían nada que envidiarle a las del original, Alejandro Fernández, para cuyo padre tuvo oportunidad de cantarle en una ocasión.
Ahora, Carlos Romero está de regreso, luego de casi seis años, a la música. Y lo hace desde Colombia, donde viajó con su familia y quedó atrapado por la pandemia.
El dúo, en mariachi, del tema «Quisiera», junto a su intérprete original, Luis Silva, es la carta de presentación en esta nueva etapa de su carrera. Según él, la definitiva.
Durante este tiempo no solo el covid-19, sino otros factores, influyeron en su silencio musical, según relató: “A los 16 años me separé de mi familia. No quise cantar más rancheras. Fue un tiempo difícil para mí. Mi oscuro pasado. Me fui a Colombia, grabé reguetón… Y fue terrible. No quiero ni recordar ese momento”, dijo entre risas.
Ahora que retomó el camino musical no lo piensa dejar; tampoco cambiar de estilo.
El ranchero será también el que adoptará. No sabe si por el resto de su vida profesional, pero sí, por lo menos, por un largo rato.
“Esto es lo que me gusta y no me veo haciendo otra cosa. No significa que dentro de unos años pueda replantearme mis metas. Pero no lo veo sino, tal vez, dentro de mucho tiempo. Ahora solo quiero cantar”.
—¿Qué lo hizo volver a las rancheras?
—Con mi papá nos tocó comenzar desde cero. Nos paramos en las esquinas a vender tintos y jugos. Fui asesor de ventas, me especialicé en desinfección en la etapa dura de la pandemia… Cualquier cosa que hice, además de la música, lo vi como una experiencia, como algo positivo.
También me tocó salir a mariachear con mi papá. Y era algo divertido porque desde que llegaba a un sitio, si había venezolanos, se me quedaban mirando. Cuando me reconocían, me sentía muy orgulloso. Ahí me dije: tengo que volver a la música. Y volví para quedarme.
—En ese tiempo que llama oscuro, ¿extrañó la fama?
—No quiero eso ni el anonimato. Quiero que la gente se emocione cuando me vea. No conozco ni quiero conocer otra cosa para vivir.
—¿Cómo fue el dúo con Luis Silva?
—Cuando pensé en regresar a cantar, pensé en el maestro y lo quise sacar de su zona de confort, cantando rancheras. Hablamos y él me propuso de una vez «Quisiera». Y la grabamos. No hubo otra opción porque es un tema que se presta para tocarlo con mariachi.
—¿Hay algo que lamenta de no haber tenido una infancia como un niño “de a pie”?
—Estoy satisfecho porque siento que nada es fácil en esta vida para lograr tus sueños. De pequeño fue duro porque no podía ir al colegio; no podía salir a comer por ahí. Pero nunca lo vi nada malo. Dejarlo de hacer me costó mucho. Ese tiempo que estuve parado fue para encontrarme a mí mismo, poderme conocer, madurar. Y siempre con el respaldo de mi familia. Con eso, siento que puedo lograr cosas nuevas.
—¿Siempre va a ser “El potrillo” o, en algún momento, será el purasangre?
—Para crecer hasta aquí vamos (dijo señalando su tamaño). Pero “El Potrillo” va a ser para toda la vida. Por eso volví. Por ahí vienen colaboraciones y espero que Venezuela sea el primer país en escucharlas.
